Las
pelotas verdes ya corren por la tierra ocre. Roland Garros, “cuvée”
2005, ya está de vuelta. La maquinaria se ha puesto en marcha y por
la Puerta de Auteuil pululan decenas de miles de personas a la espera
de vivir momentos de emoción. Entre ellos, un épico torneo para los
españoles que, desde la victoria de Juan Carlos Ferrero, no han logrado
grandes cosas... con la honrosa excepción de Rafael Nadal al que el
“mal fario” de años anteriores no ha dejado fuera de París. El mallorquín
se ha convertido en el hombre en forma del momento, sin por ello despreciar
al otro candidato a la victoria final, el suizo Federer, que es, verdaderamente,
el hombre a batir.
Es deseable que
una nueva generación llame con fuerza a la puerta. Una generación de
“dieciochoañeros” o en sus aledaños, que reivindican una parte del pastel.
Recuerda esto a lo ocurrido a finales de los 80, cuando una chavalilla
de nombre Arantxa y un joven Chang se convertían en los más jóvenes
ganadores del torneo e iniciaban una esplendida carrera. O cuando un
Ferrero, imberbe, se colocaba en semifinales en su primera participación.
Hoy Nadal, que llega con 3 trofeos a sus espaldas, por cierto cansadas,
puede dar un paso de gigante si consigue, al menos, lo que el “Mosquito”,
o llegar al Olimpo de los Dioses si, como Wilander, se lleva el torneo
a la primera. De cualquier forma, Nadal es nuestra mejor baza, en la
que todos quieren creer, aunque ello no debe nunca hacernos descartar
a un Moya, luchador donde los haya, o a un Ferrero que ha iniciado una
ligera mejoría tras un año 2004 catastrófico. Roland Garros promete
mucho y el tenis español está dispuesto a seguir dejando huella. Es
nuestra historia y nuestra obligación.